EQUILIBRIOS. Acerca de las posibilidades educativas en cuarentena

 

Mariano Molina[1]

 

La docencia siempre atraviesa todas las peripecias de la sociedad. Ya se dijo. Somos comunes. Vivimos sin grandes lujos. Como la mayoría de la población. Tenemos las mismas necesidades. Y preocupaciones. Y sueños. 

Estos días de cuarentenas dejan al descubierto acciones individuales, colectivas y debates necesarios. “A lxs que le escapan al laburo no los vas a cambiar en este momento. Priorizá a quienes ayuden a resolver la situación” me dice una amiga, frente a dilemas de la tarea cotidiana. Fueron palabras precisas horas antes de la cuarentena. Algunxs especulaban ausencias, se nos venía todo encima y necesitábamos abordar cuestiones esenciales, mínimas, frágiles, pero imprescindibles para un tiempo que no sabemos cuándo ni cómo finalizará.

Hay una actitud básica y esencial. La compañera o el compañero que escribe para saber que se necesita o que puede hacer para colaborar o que directamente comienza a resolver en la inédita situación que nos toca vivir. Ese primer acto es fundamental. Un modo de sentirse parte de un colectivo. A como sea y con diferencias que hoy no tienen tanta importancia. Una forma de pararse frente a la vida. Y de defender la educación pública.

Luego surgen las distintas necesidades según las vidas de cada una y cada uno. No viene mal recordar lo obvio: vivimos una situación de excepcionalidad. Ningunx de los vivxs experimentó algo similar. Continuar con clases en modo virtual como si nada no es una posibilidad. Nadie se hace docente virtual en una semana. Y además no es el deseo. Ni el proyecto pedagógico que defendemos. Tampoco lxs estudiantes se convierten en “virtuales” en pocos días. La cantidad de mediaciones existentes se han dicho claramente. Familias hacinadas. Docentes con hijes. El cambio de horarios. Las largas salidas a conseguir alimentos o asistir familiares. La imposibilidad de dedicar muchas horas por día a las “clases”. Todas y todos sabemos bien que la lista podría ser mucho más larga.

 

Y sin embargo hay hechos que nos vuelven a interrogar sobre la vitalidad del sistema educativo argentino. Y sobre el compromiso de muchas y muchos docentes. Hay un esfuerzo colectivo. Se trata de poner en marcha y sostener una dinámica educativa. Continuar con alguna forma de relación posible. Sabiendo que nada será igual. Y que no se podrán dar todos los contenidos. Y que debemos replantear materias en estas nuevas condiciones.

 

Creemos en la clase presencial. Allí se construye una forma de relacionamiento humano, subjetividad y un proceso educativo que envuelve un horizonte de sociedad. Pero hoy no es posible. Que no quiere decir nunca más. Por eso estamos atentxs a los pescadores que quieren aprovechar el río revuelto. Desde hace tiempo las grandes corporaciones internacionales quieren imponer una educación virtual con sus plataformas. El macrismo es su nave insignia por estos lados. Y va a utilizar esta coyuntura. Sin dudas. Es un infinito negocio disfrazado de nueva modernidad. En días de variadas recomendaciones, aprovecho a recordar las excelentes investigaciones de CTERA sobre la mercantilización de la educación pública. Ayuda mucho.  

 

Estos tiempos reconocen la importancia de los encuentros. Y las construcciones colectivas. Hay algo de reivindicación. Una situación excepcional puede reconvertirse en un gran aprendizaje. Desde la virtualidad del hoy reivindicamos el encuentro de mañana. Y ahí reafirmamos, a diferencia de la esencia neoliberal, la presencia de los cuerpos diversos habitando edificios y en el espacio público lleno de multiplicidades.

 

La docencia -además- vuelve a cumplir otra tarea imprescindible. Diariamente miles de compañerxs están ayudando a repartir comida y acompañando a las familias. También trabajando con estudiantes con discapacidades. Y atendiendo miles de demandas a cómo se pueda.  Ser trabajador/a de la educación no es un compromiso declamado. Se ejerce. Y en el mismo acto que recordamos nuestros derechos laborales, asumimos una tarea que implica una responsabilidad social. Y así cómo estas horas muestran caras de solidaridad, también deja a la luz el descompromiso de quienes llevan responsabilidades institucionales en los Estados. Mientras hay funcionarios y gobiernos solidarios y preocupados, otros vuelven a mostrar arbitrariedades y miserias. Hay un deseo: que en el futuro se utilice con esxs funcionarixs canallas la misma vara exhaustiva que a veces cae sobre la docencia.

 

Transitamos días de procesos educativos raros. Difíciles. Complejos. Es el momento de solidificar la tarea con esas áreas mal denominadas “especiales” o complementarias. La música. El arte. La comunicación. El juego. Tantas herramientas pedagógicas que tenemos a nuestro alcance. Y tanta experiencia acumulada. Allí también hay una opción pedagógica concreta.

 

Todo el esfuerzo de estas horas puede construir algo de la educación pública por venir. Son otras instancias. Podemos convertirlas en experiencias educativas. Y no como nuevas formas de distancia. Y por eso quiero dejar una disidencia: el desacuerdo con quienes livianamente dicen que no es problema perder un cuatrimestre. O un año. Me parece una irresponsabilidad. A 10 días del comienzo de la cuarentena se parece más al boicot que a una solución. Y por supuesto que antes esta la vida. Frente a eso todxs podemos perder un ciclo lectivo. Pero esa discusión es falsa en estas horas.

 

¿Podremos enseñar en todos los niveles la importancia del humanismo de estos días? ¿Y de la gran batalla cultural que es priorizar la vida sobre la ganancia económica? Ahí se juegan dilemas trascendentales. Nada mejor que enseñarlos en el presente. Mientras lo vivimos. Entre los miles de quilombos cotidianos que atravesamos. Para que se sepa porque estamos acá. En este tipo de batallas. Y de disyuntivas. Y para que en el tiempo venidero no sean discusiones del pasado. El humanismo argentino, con todas sus diferencias, puede tener una nueva oportunidad histórica. Dice mucho de nosotrxs como docentes quedarnos en casa solamente esperando que todo pase. Y que vuelva ese pasado reciente de “normalidad”.

 

Avanzada la cuarentena mi amiga manda otro mensaje: “estos días nos recuerda que todxs somos prescindibles en nuestros trabajos.” Creo que tiene razón. Aunque nos duela en infinitos rincones del narcisismo. Otro nuevo aprendizaje.

 

Seguir educando significa seguir educando. En los formatos posibles. Incluso cometiendo humanos errores. Se dieron clases en aulas con distintas edades y niveles. Se dieron clases en los campos de concentración del nazismo. En las guerras. Se dieron clases sin más recursos que la voz del docente. Y su conocimiento. Y sus ganas de compartir saberes y aprender junto a lxs estudiantes. Seguimos educando no es hacer como que nada pasa. Es construir herramientas en momentos excepcionales. Y hacer de eso una experiencia pedagógica de enseñanza y aprendizaje mutuo.

 

[1] Profesor y Director del Instituto Superior de Tiempo Libre y Recreación de CABA

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Cuarentena docente: entre las mamaderas, las compras y

las clases virtuales[1]

 

La pandemia resalta las dificultades por la que pasa la mayoría de los docentes que tienen diversos trabajos para sobrevivir y que deben, además de enseñar, contener a los chicos online.

 

Por Diego Di Vincenzo

 

Cristian tiene un poco más de cuarenta años, dos hijos: uno de 4 y otro de 1 año. Es profesor de Lengua y Literatura, enseña materias vinculadas con la lectura y la escritura en la educación superior en CABA y en una facultad del Conurbano. También tiene dos cursos del secundario. Su mujer es bioquímica y trabaja en un laboratorio de Chacarita. Ella está yendo a trabajar durante la pandemia porque es personal de salud, así que a Cristian le toca cuidar a sus dos hijitos entre las 8 y las 16. Cuidar, ya saben, es dar la mamadera, hacer la comida, salir de compras y preparar las clases virtuales.

 

Tiene once cursos, eso implica que deba corregir mucho. Los padres viven en Avellaneda y están solos, pasaron los 70. Cristian no tiene hermanos, así que le paga a una vecina para que les compre la comida a los padres para que ellos no salgan. Hasta la cuarentena total los iba a ver, pero ahora no puede. Y aunque pudiera, no iría, porque quién se queda con los hijos mientras la esposa trabaja. Cuando él trabaja, justamente, va la madre a cuidarles a los hijos, pero ahora la madre no puede. Y la suegra tampoco: tiene un principio de Alzheimer.

 

Su computadora es de 2011, se la dio el suegro. La de Conectar igualdad se la robaron. La verdad es que no tiene dinero para comprar una nueva. Está terminando de pagar el crédito que sacó para comprar las placas antihumedad y hacer una carpeta en el patio porque el perro levantó toda la tierra y arruinó el jardincito que tenían. Además, paga el alquiler del tres ambientes y el colegio del barrio del más chico, al que va desde los 3. Es un privado porque conseguir una vacante en Inicial para pibitos tan chicos es imposible en CABA.

 

Cristian quiso bajarse Zoom, pero la máquina es muy lenta. Entonces empezó a usarlo por el celular. Hizo una clase on line con los chicos de un segundo año. Hablaron de tipos textuales. Estaban estudiando la narración. Les había dejado un par de cuentos para leer. Repasaron eso durante la clase virtual. Pero, en realidad, los chicos tenían ganas de saludarse, de contarse en qué andan, que se extrañan. Todo el tiempo diciendo “Cuando vuelvan las clases, profe”, “Cuando vuelvan..:”.

 

En realidad, los chicos estuvieron muy comprensivos porque los nenes de Cristian iban y venían por toda la casa. El más grande quiso hacer caca, tuvo que cortar dos veces, se metía a preguntar quiénes eran los alumnos, cómo se llamaban… Más que nada, fue un hacer que daban clase. La verdad, la verdad…, que no dieron ninguna clase, porque no todos hablaban ni alcanzaba el tiempo para que lo hicieran. Son 34 chicos. Igual pudo dejarles una tarea de escritura.

 

A la tarde bajó las entregas de la actividad que había enviado on line la semana pasada para el curso de ingreso a uno de los terciarios. Cuarenta y seis trabajos. Alumnos entusiasmados que recién comienzan. Cristian los conoce y comprende, por eso se exceden en todas las consignas agregando cosas que no son necesarias, ni pertinentes y que sacan de Internet, así que tiene que corregir chequeando si hay plagio, eso lo hace perder mucho tiempo, además del de corregir.

 

Cuando termine de corregir, como la cuarentena no habrá finalizado, tiene que armar una clase de devolución de esos trabajos. Es para el próximo viernes. No cree que pueda corregir bien cada uno de los 46 trabajos. Se le van a cruzar con las redacciones que les dejó a los del secundario. La esposa le dice para qué los manda a hacer redacciones, que son insoportables de corregir, porque los pibes escriben cualquier boludez, no saben armar las oraciones, no ponen una sola coma. Pero a Cristian le grabaron a fuego esto de “producir, producir, producir”, como si los chicos fuera obreros de la época fordista.

 

La asesora pedagógica de la escuela, que escribe peor que los chicos, es muy insistente con las habilidades del siglo XXI, y dice que las habilidades comunicativas de lectura y escritura son fundamentales para el desempeño en la vida social, así que hay que escribir y escribir y escribir. Cristian, pobre, a gatas puede corregir una redacción por trimestre. Pero, además, cuando corrige se da cuenta de que debería enseñar algunas cosas más básicas antes de escribir largos textos: por ejemplo, usar las comas o estudiar algo de análisis sintáctico para que los chicos puedan organizar bien una oración. Pero la asesora no quiere saber nada con eso, porque para ella y el proyecto educativo lo importante es que los chicos escriban, que ya aprenderán solos la gramática. Cristian sabe que eso no es así, lo comprobó con su propia experiencia docente, pero mejor no le discute nada, a ver si pierde el trabajo. Justo en la cuarentena.

 

Durante todo el día de hoy estuvo organizando las comisiones de la facultad que arrancaron en febrero. Sí, este año él tuvo que arrancar el 1° de febrero con 32 grados de calor. Por suerte le tocó un aula con aire, pero a muchos otros compañeros, no. Les tocaron aulas sin aire y sin ventilador. A veces juntaban a chicos de más de una comisión en una sola aula con aire y daban clases de a dos. El calor era insoportable.

 

Por este comienzo tan anticipado, a Cristian no le coincidieron las vacaciones con las de su esposa, porque, en su caso, su mujer sale en febrero. En enero está el tema del dengue y se tuvo que quedar, así que Cristian no tuvo vacaciones. Ahora se viene el cierre de las comisiones universitarias y los estudiantes van a entregar un trabajo de cinco páginas. Serán unos 100 trabajos, aproximadamente.

 

La madre le dice a Cristian, cuando lo ve tan cansado, para qué trabaja tanto. Se juntan a almorzar los domingos y después del almuerzo se pone a cabecear en el sillón mientras toman el café o comen el flan que la madre hace. Pobre vieja, ¿qué le va a contestar? ¿Qué si no trabaja tanto no puede pagar el alquiler ni ir al supermercado? Se ríe, y le dice que trabaja tanto porque le gusta.

 

Cuando hoy lo llamé no pudo darme mucha bola. Yo quería preguntarle algo sobre una reunión que habíamos pactado para armar un material. Me hablaba y de fondo se oía el ruidito del whatsapp web, insoportable, uno detrás del otro. El hijo mayor que, me parece, estaba pateando una pelota y una sirena que parecía de bomberos. Yo pensé: qué quilombo. Iba a decirlo, pero me ganó de mano. Me contó algo desesperado que está estresadísimo con la mitad de su trabajo. Que ahora la directora de colegio secundario va a pedirle que ya empiecen a dar contenidos, no solo actividades. Parece que una madre llamó al colegio para preguntar si su hijo no va a tener matemática, que necesita ver funciones, que eso le van a tomar en el ingreso a la universidad en la que quiere presentarse a una beca y que la profesora de Matemática está estudiando una nueva aplicación para ver cómo la instrumentan.

 

Por supuesto que, mientras que la profesora instrumenta la aplicación, también sigue dando clases por Zoom y corrigiendo polinomios on line. La escuela no quiere que los padres se enojen porque no están teniendo clases, así que Cristian va a tener que sumar el trabajo de armar el Power Point, buscar videos, bajarse programas para grabación. Tiene razón, yo lo entiendo. Dice que no puede explicar contenidos sin apoyos gráficos. Lo que sí va a pasar es que va a atrasarse, seguramente, en las correcciones.

 

“Y bueno…, me dice resignado, quedarán ahí reposando y las agarraré cuando pueda. Por ahora no. Y menos cuando empiece a dar clase en los terciarios”. Por suerte tiene sus caños de escape. Porque yo tengo varios amigos docentes que pelean tanto entre “ser buenos profesionales”, “cumplidores”, “educar con calidad”, “corregir”, “cuidar a los hijos”, “ir al supermercado y a la feria de ciencias”, “ocuparse de los padres”…, que antes de los 50 hacen un patatús complicado, que generalmente termina en el hospital o en licencia psiquiátrica.

 

Decía que Cristian tenía sus caños de escape y me contó que tuvo un sueño hermoso. “Soñé que me subía a un auto y estaba en una pista de color celeste agua. Iba muy rápido, tanto, que en una curva volcaba y daba una vueltas en el aire. Llevaba de acompañante a la directora del colegio en el que trabajo. Cuando terminaba de rodar el auto, quedaba en posición inicial, es decir, como si nada hubiera pasado. Yo salía del auto y empezaba a subir una pendiente llena de pinos, y después de la pendiente, una calle de tierra por la que me iba corriendo corriendo corriendo a buscar un lago o un río”.

 

[1] INFOBAE 28 de marzo de 2020

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Dónde está la escuela

Fernanda Saforcada[1]

En estos días en los que todxs lxs que somos educadorxs estamos corriendo como desquiciadxs para lograr armar una propuesta virtual que nos cierre tanto en los contenidos como en sus aspectos pedagógicos, viene bien recordar que la escuela no está en la computadora ni en la plataforma virtual que usemos. Tampoco en el edificio que nos pedían dibujar de pequeñxs (o al menos no en el edificio en sí mismo). Está en los lazos que construimos, en los procesos que nos proponemos desarrollar y en la posibilidad de conformar lógicas colectivas aún en –y a pesar de– el aislamiento social preventivo y obligatorio (la cuarentena, bah). Entre tantos tutoriales, cursos sobre educación virtual, mails con sugerencias, es importante tener presente que el sentido de educar y de nuestra tarea no empieza ni termina en un video mejor o peor, ni en la herramienta más novedosa ni en la plataforma que usemos.

 

Trato de repetírmelo a mí misma cuando empiezo a correr atrás de informaciones sobre las muy diversas y numerosas herramientas tecnológicas disponibles, o cuando grabo por octava vez un video, como me pasó anoche (hasta las 5 de la madrugada grabando ese dichoso video para que luego se colgara la plataforma y no pudiera subirlo!), y le quito tiempo a lo importante.

 

La imagen me llegó a través de la querida Valeria Bardi

 

 

 

[1] del muro de Facebook de Fernanda Saforcada.

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Continuidad pedagógica: en búsqueda del sentido

 

Karina Barrera[1]

La educación es un acto político situado, que nos convoca a preguntarnos a diario el para qué de nuestro trabajo como docentes, a preguntarnos incansablemente por el sentido de lo que hacemos y su finalidad. Ser docente implica asumir un posicionamiento, que se construye en el marco de los colectivos que habitamos en diálogo con nuestras historias de vida.

 

Los-as trabajadores-as de la educación enfrentamos hoy múltiples desafíos. Algunos de ellos son compartidos con el conjunto de los trabajadores de distintas áreas que vemos nuestra vida movilizada, sacudida y - a la vez- paralizada por la pandemia que irrumpió en nuestros días.

Otros desafíos son propios de la especificidad de nuestro trabajo. La virtualización repentina de nuestras propuestas de enseñanza trajo consigo un sin fin de conflictos, de preguntas, de angustias, de propuestas, de proyectos.

 

Quizá sea momento de visibilizar la pregunta por el sentido, frenar un momento la vorágine de correos, exigencias, presiones, demandas y volver al punto de encuentro: preguntarnos por el sentido de la continuidad pedagógica, el sentido de cada clase, actividad, lectura, video que enviamos desde la virtualidad.

Una pregunta ineludible, necesaria y conflictiva que debe preceder a cada propuesta de enseñanza que construyamos en este momento y en todos los otros también.

Una pregunta que necesita pensarse en colectivo. Pensar el sentido de la continuidad pedagógica es una responsabilidad colectiva, no una problemática individual.

Encontrarnos en los rincones virtuales que se hacen cotidianos en estos días y revisitar esta pregunta. Un sentido que humanice y visibilice a docentes y estudiantes, les devuelva el rostro que, a veces, la virtualidad esconde. Humanizar y reconocer que no todos-as podremos enfrentar de la misma forma, ni en las mismas condiciones este desafío y allí la importancia de los lazos institucionales que acompañen y no sean meros dispositivos de vigilancia. Pensar con otros-as, en la medida en que podamos y comprendiendo los no puedo también.

 

Desaprender formas de trabajo jerárquicas, individualista y autoritarias lleva tiempo. Y el contexto de pandemia no está exento de ellas. Son tiempos complejos, la salud laboral no debe invisibilizarse. El estrés de este contexto y la sobrecarga laboral deben ser puestos en discusión. Pero quizá dotar de sentido nuestro trabajo y fortalecer los lazos con nuestros-as compañeros-as sea un puente necesario para sostenernos. Puente conflictivo, sin dudas. Aparecen conflictos institucionales, demandas propias de las dinámicas de cada escuela, presiones, comprensiones, temores y esperanzas.

Quizá el mensaje virtual que llega a algunos hogares es una forma de decirles no estamos solos a nuestras comunidades educativas, una forma de invitarlos-nos a compartir un momento de encuentro, un intercambio. Una forma de recordar que la escuela es un espacio de encuentro desde donde nos acompañamos, también, en tiempos de pandemia. Una escuela que llega a las casas para invitar a pensar juntos-as, a leer juntos-as, a mirar una película juntos-as desde los aportes de las distintas áreas. Una escuela que nos humanice. Una escuela que no sea solo un grupo de wtsp demandando asistencia virtual y actividades que simulan. Sino una escuela que construye lazos para enseñar y aprender a habitar el mundo, a pensarlo y a transformarlo. Aún en estos tiempos.

 

Sucede que esta pandemia es un delator de problemas estructurales del sistema educativo, que – probablemente- nos sigan convocando a la reflexión. Problemas que están atravesados por lógicas excluyentes que persisten y que este contexto no es la excepción.

La continuidad pedagógica pensada desde el deseo por acompañar el derecho a la educación de nuestros-as estudiantes, reviste un desafío y una serie de conflictos que no podemos invisibilizar. Pero quizá, sea también una oportunidad para seguir instalando con fuerza la pregunta por el sentido político de las propuestas de enseñanza, visibilizando nuestras condiciones laborales y poniendo en valor la dimensión colectiva de nuestro trabajo.

 

 

[1] del muro de Facebook de Karina Barrera

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Las clases son digitales: la educación no está de vacaciones[1]

 

Si bien la asistencia a clases se encuentra suspendida por el aislamiento preventivo y obligatorio dispuesta por el Presidente de la Nación, el trabajo de la educación no está de vacaciones. El cuerpo docente se encuentra en la elaboración de materiales didácticos que son compartidos mediante medios digitales, ante una nueva lógica que ya nació, en muchos casos hace ya bastante tiempo, y no está siendo reconocida: El docente comunicador.

 

Por Victor Estigarribia para ANRed

 

Si bien nos encontramos ante un contexto donde la salud es la prioridad, no hay que traducir este hecho en que hay una suspensión del ciclo lectivo, solamente es una suspensión de la asistencia a la clase presencial.

Hace dos semanas que los estudiantes no van a clases, lo cual no significa que los docentes no estén ejerciendo su trabajo. “La escuela es irremplazable, se están elaborando recursos digitales y el uso de internet como herramienta pedagógica”, tal como lo comentó el Ministro de Educación, Nicolás Trotta en una entrevista para Crónica TV.

 

La medida tomada por el gobierno es el uso de la educación a distancia, eso implica que los docentes están utilizando las herramientas que años anteriores han adquirido mediante cursos de formación para complementar las actividades que sucedieran en las aulas. Sin embargo, esta nueva coyuntura implica que el uso cotidiano de la tecnología no sea meramente un complemento, sino que sea el escenario donde se producen las instancias de enseñanza aprendizaje. Hay nuevas vinculaciones, nuevos espacios de interacción y participación digital.

 

Esta interacción se transforma en el centro de la escena, que en contexto de clases presenciales es vista como un complemento o como otro espacio de aprendizaje, la educación digital y a distancia implica otras lógicas de funcionamiento.

Ante este contexto, es el docente el que debe realizar una readaptación didáctica, en un trabajo que pareciera silencioso, en un escenario complejo debido a la sobre información y a las angustias que esto genera, sumado a que los vínculos sociales de los estudiantes, tan necesarios para el aprendizaje, también están cortados. Entonces, la presencia de la escuela en los hogares es sostenida por los docentes. Las medidas que toma el gobierno, desde el Ministerio de Educación, son puestas en marcha por los docentes en todas las áreas, en todos los niveles.

 

Correcciones digitales, readaptación de contenidos, manejo de incertidumbre de las familias,insinuaciones de continuidad eterna de la cuarentena, son algunas de las tareas y respuestas que debe realizar y dar el trabajador de la educación, con la sobrecarga que ello genera en cualquier horario, cualquier día.

 

La escuela es vista como la presencia del estado en cada barrio, hoy la tarea docente se ve sobrecargada, ya que no está relegada a trabajos administrativos, sino pedagógicos.

Hay un trabajo vinculado con la Educación/Comunicación en cuanto a las estrategias innovadoras que tiene que realizar cada trabajador de la educación, muchas veces sin buenas conexiones a internet, sin los medios necesarios para llevarlas a cabo. Son sus propios recursos, una vez más, los que se ponen a disposición de las decisiones que se toman sobre la tarea.

 

Si bien la readaptación, la transposición didáctica y la selección de contenidos es la actividad habitual, hoy la labor es mucho más amplia: acompañar procesos desde la distancia en un contexto de incertidumbre. No estamos de vacaciones, los trabajadores de la educación estamos trabajando.

 

 

 

[1] Disponible en https://www.anred.org/2020/03/29/las-clases-son-digitales-la-educacion-no-esta-de-vacaciones/?fbclid=IwAR3m0RaOX-BQLfZRshJvDOjFC8mM7jGdl7ltCSre5jPculO4jbSWmVY_iwo

Enseñar en tiempos de pandemia

 
 
 
 
 

REVISTA INVENTARIO

Proyecto de Extensión Formación y trabajo docente - Seminario en movimiento (UNLU)