¿Humanismo tecnológico? Insumos para el debate educativo pospandémico

Una serie de reflexiones, sobre nuevos desafíos en el trabajo educativo y la formación docente. Una discusión con las posturas esencialistas de la tecnología.



Por Mariano Indart





Mirando la pantalla del Mundo Nuevo: ¿El futuro ya llegó?

La inédita situación provocada por la pandemia ha generado paradojas en el campo educativo: por un lado la necesidad de tecnología se volvió crucial por lo ineludible de seguir desarrollando vínculos pedagógicos por medios virtuales (poniendo de paso en evidencia la escasez y lo rudimentario de gran parte de las bases materiales y la idoneidad de los docentes para dicha tarea), por otro lado nos obliga a revisar la lógica eficientista y productivista que asimila la necesidad imperiosa del uso de TICs con educar para el futuro, asumiendo que el mismo se define por las necesidades de la globalización tecno-neoliberal.

La pandemia ha puesto en evidencia los peligros de la lógica instrumental de la modernidad y su noción de avance tecnológico como sinónimo de progreso, tal como lo advertía la escuela de Frankfurt desde principios del siglo XX, para la posibilidad, ahora sí, de vida humana en el planeta (porque la del medio ambiente no humano no fue suficiente alerta).

Sin perder tiempo, apenas iniciada la expansión global del coronavirus, algunos autores comenzaron a debatir sobre posibles horizontes post-coronavirus: posiciones más o menos apocalípticas circularon (y continúan haciéndolo) entre pensadores del norte y del sur[1]. En varios casos los análisis no van muchos más allá de esperar que la nueva realidad confirme sus respectivos posicionamientos teóricos previos. Así vemos resurgir a Foucault y la bio-política, revisitas a premoniciones de, ahora, antiguas novelas y películas que trataban sobre distopías sobre un futuro que, entonces, parecía muy lejano. Pensadores que dicen ver condiciones para un nuevo comunismo en ciernes y otros que, cínica o apesadumbradamente, nos anuncian la era del control absoluto de nuestras vidas desde Estados totalitarios y/o corporaciones cibernéticas.

Por otro lado se exaspera la dimensión fascista que anida en todo ser humano pero que se expresa sin filtro (y sin barbijo) cuando el plus de goce de la lógica de la mercancía aparece amenazado. Ánimo que predomina sobre todo en algunos sectores medios y alentado siempre desde los medios hegemónicos[2]. Pero no es la pretensión de estas líneas entrar en ambiciosos debates sobre cómo podría presentarse el futuro de las sociedades a mediano plazo, sino dejar esbozadas breves reflexiones sobre dimensiones que desafían a quienes nos dedicamos al trabajo educativo y particularmente a la formación docente.


Dilemas acerca de un nuevo humanismo educativo

Algunos autores vienen enfatizando la necesidad de la vuelta a cierto humanismo educativo extraviado en algún momento del siglo XX, debido en gran medida a las exigencias tecnocráticas del progreso tecnológico exigido desde el desarrollismo y la globalización.

Una de las primeras voces que apareció en tiempos de pandemia para criticar la lógica productivista en educación es la de F. Tonucci. Dado a cuestionar al sistema educativo moderno desde siempre, sobre todo por el escaso protagonismo de lxs niñxs, encuentra ahora una situación propicia para insistir con la necesidad de ser más creativos y apasionados a la hora de emprender procesos de enseñanza/aprendizaje. Destaca la fundamental necesidad de involucrar más a la familia y lxs progenitores, los hogares, etc., en un proceso que fomente la curiosidad perdida de educandos y educadores. Autores que coinciden en mayor o menor medida con esta perspectiva afirman la necesidad de volver a centrarnos en el “humanismo”, a veces adjetivado como nuevo. Otros directamente recomiendan la vuelta a una educación en “valores” para diferenciarse de la tecno-burocracia sobre la que, como ya mencionamos, se viene cabalgando, no sin resistencias, desde hace décadas.

La noción de humanismo, seguramente, nos predispone en principio bastante bien, dado que alude a la necesidad de calidez, afecto, encuentro, solidaridad, dimensiones que adquieren renovado valor en estos tiempos de aislamiento social obligatorio y/o distanciamiento social. Y la pasión y la creatividad gozarán siempre de buena prensa, en general.

La innegable dimensión humanitaria y pasional presente en el acto de educar, como ya advertimos, ha venido perdiendo terreno sobre todo desde mediados del siglo XX con al avance del modelo del capital humano y la noción de calidad educativa surgida de los centros e instrumentos de medición promovidos desde la OCDE. Pero también fue despreciada por parte de la teoría educativa crítica, que desestimó en gran parte la función de cuidado y el soporte amoroso del vínculo pedagógico (cosa que señaló oportunamente P. Freire). El burocratismo educativo es, probablemente y en gran parte, efecto de una educación cada vez más formateada desde enlatados educativos que pueden funcionar prácticamente sin mediación.

Pero, por otro lado, el rescate del humanismo está siempre en riesgo de abrir las puertas a variantes de la educación emocional despolitizada y funcional al neoliberalismo. Así como la remanida “educación en valores” coquetea siempre con el respeto a las jerarquías necesarias para vivir en una sociedad “ordenada” y/o “normal”, anhelo permanente del conservadurismo.

Pero si nos proponemos defender intereses y miradas populares, la humanización debería cargarse de otros sentidos. Podemos vincularla a la concientización, como solía decir P. Freire, de la opresión. No solo de la tradicional “de clase”, sino la vinculada al género, a las etnias, a la relacionada con la naturaleza. Humanismo para avanzar en una explicación más exacta del mundo, porque nadie puede cambiar lo que no entiende. Ayudar a reconocer la injusticia y las relaciones de poder que modulan las relaciones sociales sería un paso nada despreciable para desmitificar el discurso del emprendedurismo individualista, reversión despiadada y salvaje de la ya clásica meritocracia.

Los trabajadores de la educación tenemos un importante desafío aquí y ahora, donde se juega el sentido mismo de la educación pública para ponerla al servicio del mercado o de la politización necesaria para transformar la realidad. Y un nuevo humanismo necesita insoslayablemente incorporar diversidad de saberes surgidos desde paradigmas culturales históricamente silenciados y despreciados por la modernidad europea.



¿Y la tecnología? Disyuntivas de la humanización en la virtualidad

Es ya vieja, y suponemos saldada, la discusión que apareció a mediados de los 80’ en el campo de la música popular cuando irrumpió la electrónica, en ese entonces con los DJs a la cabeza. “Que se busque un trabajo honesto” frase emblemática de Pappo lanzada hacia DJ Deró, quien decía que hacía música desde, y con, las bandejas.

Más allá de la grandeza del Carpo y de la mediocridad de Deró en sus respectivos géneros, la música electrónica logró ser reconocida y valorada, salvo para una minoría conservadora, como expresión nueva y enriquecedora dentro de la cultura pop/rock. Y de paso nos vimos obligados a reconocer que los micrófonos, cables y cámaras donde grababa su voz Mercedes Sosa son productos de tecnología de avanzada japonesa; por lo que lo artesanal también necesita, si pretende impactar en sociedades masivas, de algún ciberaporte.

¿A qué viene esta breve introducción? Si bien debemos considerar eso de que “el medio es el mensaje”, tampoco vamos a tomar la afirmación como axioma indiscutible. En todo caso el combo funciona como un mix de contenido y forma en cada expresión, donde se torna difícil distinguir mediación de intermediación. Volviendo a la música: puede haber expresiones electrónicas que provoque preguntas políticas, así como canciones acústicas producidas artesanalmente que no lo consigan. Y viceversa. En las escuelas se puede conmemorar el día de la tradición para potenciar el núcleo del buen sentido, o para consolidar los rasgos más conservadores y jerárquicos de nuestro pasado. El esencialismo vuelve a demostrar ser un criterio simplista, engañoso y, sin duda, peligroso.

Es posible sostener entonces que la tecnología aplicada a lo educativo puede contribuir, y muy bien, a la humanización en el sentido que hemos mencionado. Y vaya si están dando cuenta de ello gran cantidad de docentes que adaptaron, como se pudo, sus objetivos político-pedagógicos a formatos varios para poder sostener no solo la “continuidad pedagógica” entendida como procesos de aprendizajes novedosos y enriquecedores, sino como lazo social, humano, con los estudiantes; de a poco y sacando fuerzas y recursos de donde sea.

Esto es particularmente importante, aquí y ahora; en los procesos de formación docente, donde se están definiendo quienes estarán a cargo de los procesos de enseñanza/aprendizaje que definirán, junto a lxs niñxs, el horizonte civilizatorio del futuro inmediato e inminente. En este sentido nos está faltando visibilizar, registrar y transformar en conocimiento potente las experiencias creativas vinculadas a buenas prácticas que se siguen desplegando, en estas inesperadas condiciones, y así retroalimentar el proceso.

Que quede claro: no estamos afirmando que la tecnología pueda reemplazar el contacto humano necesario para una experiencia educativa completa, pero sí estamos diciendo que es posible y necesario animarse a dejar de entender a la presencialidad total y absoluta como única variante para llevar adelante procesos pedagógicos sólidos y de calidad (y no en el sentido de la OCDE, como esperamos haya quedado claro).














Mañana será otro día. Mañana es mejor.

Entre tanta pálida sobre el futuro podemos hipotetizar un poco sobre la posibilidad de un porvenir alentador, nutrido de la riqueza “humanística” que anida en la docencia comprometida y con un posicionamiento político claro, que se opone a toda forma de dominación y al suicidio civilizatorio que representan el neoliberalismo, y los intereses de quienes defienden ese modelo, para el medio ambiente y la vida humana.

Habría que ir pensando urgente en una pospandemia donde la tecnología aplicada a lo educativo no se reduzca a la lógica exigida por el “mundo desarrollado” y la expansión incesante de fuerzas productivas como sinónimo de progreso; sino en una serie de dispositivos complejos, que incluyen aspectos materiales (herramientas tecnológicas, conectividad, condiciones y derechos laborales, etc.) y simbólicos (los vinculados al sentido) complejos, difíciles, que deberán ser tomados con cautela para no sucumbir a gran parte de su dinámica, aún inseparable del capitalismo y la lógica de la mercancía (y donde deberá disputarse también la propiedad privada de gran parte de esa tecnología). Sin duda habrá que ejercer una vigilancia activa sobre la “deshumanización radical” que propone el tecno liberalismo, tal como alerta E Sadín, quien también afirma que “defender lo real se convierte en el nuevo nombre singular de la principal lucha política de nuestro tiempo”.

En lo inmediato nos queda cabalgar la relación entre tecnología y humanismo corriendo riesgos inevitables. Todo capital cultural será bienvenido si somos capaces de conducirlo atendiendo la desigualdad estructural dialécticamente vinculada con la complejidad cultural de nuestro continente en general y de nuestro país en particular. Será una fortaleza hacerlo orientados hacia horizontes político-pedagógicos alternativos y con ambiciones emancipatorias.








---------------------------------------------------------------------- [1] Algunos textos interesantes son Sopa de Wuhan (Agamben, Zizek, Badiou y otros autores) disponible en https://www.medionegro.org/wp-content/uploads/2020/03/Sopa-de-Wuhan-ASPO.pdf y El futuro después del COVID 19, compilación dirigida por A. Grimson disponible en https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/el_futuro_despues_del_covid-19.pdf [2] En algún momento será importante revisar ciertas irresponsabilidades lanzadas “al voleo” por voceros metidos a periodistas a esta altura, y al menos, cómplices de intereses para nada desinteresados de “la gente” a la que dicen representar.




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REVISTA INVENTARIO

Proyecto de Extensión Formación y trabajo docente - Seminario en movimiento (UNLU)