Lazos solidarios y acciones creativas para la continuidad pedagógica

¿Cuál fue el rol de los Centro de Estudiantes en la continuidad pedagógica durante el ASPO? En esta nota la experiencia de los estudiantes del ISFD Nº29 de Merlo.



Por Claudio Gabriel Mandon

Integrante de la Comisión directiva Centro de Estudiantes ISFD N°29 (MERLO)





La particularidad del año 2020 con la que nos encontramos como estudiantes dejó inconclusos los cursos nivelatorios del ciclo lectivo. Cuando el 16 de marzo se anuncia, mediante mail institucional, la cancelación de las clases, al igual que muchos otros espacios, no nos encontrábamos preparados. Esto generó un ambiente de incertidumbre que inundó de llamados y mensajes a quienes ocupamos el rol de representatividad estudiantil en los Institutso de Formación Docente. A partir de ese instante, como Centro de Estudiantes y Consejeros Académicos, trabajamos para garantizar eel ingreso, la permanencia y el egreso del estudiantado.

Se suspendieron también todas las mesas de exámenes de las dos últimas semanas de marzo. Lo que significó la dilatación del egreso de tantos y tantas que solo debían una o dos materias para recibirse. Y por otra parte implicó una traba a las correlatividades, perjudicando la continuidad del avance académico. Las primeras soluciones a estas dificultades fueron mediadas por la virtualidad. A medida que pasaban los días y se extendía el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) se acrecentaban las dudas con respeto a la continuidad pedagógica.

Ante esta situación se tuvo la acertada determinación de no ser ajenos a las diversas realidades por las que estaban atravesando nuestros compañeros y compañeras. Al anunciarse el Plan de Continuidad Pedagógica, los actores del sistema educativo provincial, debieron establecer las estrategias a implementar para garantizar, durante lo que dure el ASPO, el aprendizaje del alumnado. En este marco, la virtualidad se torno de carácter fundamental. La propuesta del nivel superior implicó el uso del campus virtual que, como principal plataforma, se usaría para virtualizar las aulas de cada asignatura. Y es en ese momento en el que se destapó la olla de las desigualdades sociales.

El ISFD N°29, de Merlo, tiene una matrícula de más de cuatro mil quinientos estudiantes. En Marzo se habían postergado alrededor de 600 mesas de exámenes. Los ingresantes, que se encontraban en pleno curso, se contabilizaban en unos 1660, sumándose al resto de los años de cada carrera. El panorama obligaba a atender las necesidades urgentes. La vida normal de la sociedad se guardó por completo cerrando las puertas de la casa de estudios, dando paso a la cursada en modalidad virtual. El planteo fue cómo mantener el vínculo con los y las estudiantes. Y una vez más, las redes sociales y la virtualidad tomaban un papel protagónico.

Los mecanismos para mantener el vínculo con los y las casi 5 mil estudiantes guardaban relación directa con la necesidad de cubrir las faltas de dispositivos y conectividad para la continuidad pedagógica, ya que este fue (y es) el principal problema con el que nos encontramos. Una de las primeras iniciativas fue la exigencia hacia los claustros para que en todas las instancias de cursada virtual se contemple la falta de conectividad. Pensamos en una organización piramidal de referentes por carrera y por curso para mantenernos en contacto. El lazo entre el gremio y los/as estudiantes perseveraba frente a toda adversidad. Los primeros años de las diferentes carreras, con la particularidad de no haber transitado el edificio del instituto más de una semana, era el principal grupo al que se debía llegar para ser parte del acompañamiento del trayecto pedagógico.

Fuimos un agente de contención para una masa de personas que, ante tanta incertidumbre, los invadía la desorientación, el fastidio y el hartazgo a tan solo unas semanas de haber comenzado la cursada. Salir a correr detrás de cada inconveniente para solucionarlo articulando con las y las docentes se volvió cotidianeidad. Paralelamente había que garantizar las instancias de discusión democráticas donde se planteaban las formas y medios para que se cumplan los derechos de los estudiantes. Lo que le dio un carácter mucho más importante a las reuniones del CAI, los plenarios provinciales y la articulación con otros institutos terciarios.

Otra realidad es la gran cantidad de adultos que estudian y tienen, al mismo tiempo, una serie de responsabilidades interfamiliares. El doble esfuerzo por cuidar de sus hijos e hijas, cumpliendo horarios laborales y al mismo tiempo, mantenerse al día con la cursada. Muchos de los rubros del trabajo informal se vieron afectados de manera directa por el aislamiento, aun recibiendo el IFE. Ante estas situación, se determinó políticamente no ser indiferente y tomar medidas que reforzaran los recursos necesarios de los compañeros. Con la campaña “contagiá solidaridad” se avanzó en un proyecto de refuerzo alimentario, organizando una colecta de alimentos de primera necesidad. Se construyó una red de donaciones para aportar un incentivo a no dejar de cursar. El agradecimiento de los estudiantes fue instantáneo.

La frustración por los tiempos, la falta de contacto entre docente y estudiante o entre nosotros mismos, aún existía en la cotidianeidad. Se pensó en una instancia de encuentro virtual en donde podamos vernos y escucharnos aunque sea de manera remota, con la participación de docentes comprometidas y, como principal invitadxs, nuestrxs compañerxs. El éxito en participación iluminó las voces de quienes, hasta ese momento, solo podíamos leerlos por los grupos de whatsapp. Las docentes presentes lograron dar un aire de tranquilidad inspirando, aún más, a la continuidad de la cursada.

El tema más polémico siempre fue la falta de conectividad de un gran número de personas cuya consecuencia principal era el abandono de la cursada o, en los mejores de los casos, el retraso en actividades de la cursada. La discusión nos lleva a replantearnos que no se trata de “deserción” ya que no es una decisión plenamente individual la de dejar de cursar, sino que, está mediada por aquellas carencias. Es por eso que, entendiendo la complejidad de acceder a los materiales de estudio digitalizados y dispositivos capaces de garantizar la lectura, se coordinó una estrategia de becas de fotocopias al alcance de quienes las necesitaban.

Mientras las redes se inundaron de rostros amigos sentados frente a una netbook otorgada por el Gobierno antes del 2015, como Gremio Estudiantil se decidió que el apoyo a nuestros compañeros debía darse en todos los ámbitos y aprovechando la instantaneidad de las redes, se avanzó en un proyecto de difusión de emprendimientos personales con los que los estudiantes contaban como fuente de recursos económicos.


Desde las secretarías de trabajo del Centro de Estudiantes se pensó llevar adelante el “Bingo solidario por la educación pública”. Un viernes por la noche, con alta participación estudiantil, donde la solidaridad fue protagonista, se recaudó por transferencias virtuales, lo suficiente para cubrir costos de becas de apuntes impresos.

En medio de una discusión por la priorización de mesas de exámenes que debían tomarse desde la suspensión de la instancia de marzo, se decidió acercarse aún más a las voces de toda la comunidad. Fue así que, mediante videos y encuestas, se determinó invitar a una discusión colectiva con el fin de llevar una representatividad plural al CAI. El criterio para tomar las mesas pendientes de aquel llamado, se planteó conjuntamente. A través de la campaña “Todas las voces en el CAI” se garantiza que se exprese una mirada amplia a partir de lo que el estudiantado cree correcto.


Del 24 al 28 de agosto se celebró la “Semana de la ESI”, en el marco de la Ley Nacional n° 26.150 y la Ley provincial n° 14.774, ambas de Educación Sexual Integral, con el fin de profundizar lo trabajado durante el año, para fomentar actitudes responsables frente a la sexualidad e igualdad en el trato y oportunidades para varones, mujeres y disidencias.

Creyendo en una educación pública, de calidad, inclusiva, democrática y popular, siempre se mantuvo la postura de un Centro de Estudiante que cumpla con su rol de defensor de los derechos del estudiante, principalmente, el de aprender, que afiance el derecho a la libre expresión, que contribuya a la calidad de la educación, promoviendo la participación de los y las estudiantes en problemas educativos, gestionando las necesidades del alumnado ante cualquier autoridad, un centro que incentive a actuar con solidaridad hacia la sociedad.

Solo cumpliendo con los objetivos claros, se puede lograr la constancia de los vínculos con los estudiantes y, de esa manera, estar cada vez más cerca de garantizar la plena continuidad pedagógica. Con los edificios cerrados, pero con una comunidad educativa abierta. Así se hizo y se hace escuela pública.

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REVISTA INVENTARIO

Proyecto de Extensión Formación y trabajo docente - Seminario en movimiento (UNLU)