Un recuerdo de Horacio González

Escenas breves y anécdotas luminosas para un retrato de Horacio González, el hombre que hizo de la sociología, la academia y el pensamiento nacional un laboratorio experimental.


Por Mariano Indart




Estaba cursando las últimas materias de la Carrera de Sociología de la UBA que se había mudado ese año de Ciudad Universitaria a la sede de Torcuato de Alvear. Creo que era el 89’. La materia era Pensamiento Social Latinoamericano (o algo así). Sus clases teóricas eran famosas por la multitud que acudía, dado que cada año cambiaba los contenidos y la metodología; la sorpresa era inevitable.



Esa cursada llevó a Fito Páez. Nos hizo hacer un trabajo práctico que consistía en realizar el recorrido del tren Constitución- Temperley (el viaje de Erdosain en Los siete locos) haciendo a los pasajeros una sola pregunta: ¿En qué está pensando usted ahora? (El inicio de una investigación, decía, debe ser la pregunta inmediata y directa en lugar de deducir la respuesta desde sofisticados marcos teóricos, como suele hacerse en gran parte de la investigación social). Antes nos había preguntado si, dado lo avanzado que estábamos en la carrera, habíamos salido muchas veces a la calle. Nunca, dijimos. Ah! Dijo: Sociólogos que no salen a la calle…



Ese cuatrimestre debíamos hacer una serie de escritos de no más de una carilla a manera de trabajos prácticos (además del viaje en tren) combinando una serie de textos escritos entre el 20 y el 30 del siglo XX (tenía la hipótesis de que en esa década se había gestado gran parte del pensamiento nacional que se expresaría políticamente en los años siguientes). Había que encontrar puntos de encuentro y diferencias entre escritos de Marechal, Lugones, Lenin, Scalabrini, R. Arlt. Cada vez que entregábamos uno de los escritos los ayudantes de cátedra nos recortaban una figurita, hasta llenar un álbum de 10. Con eso regularizabas la materia y podías rendir el final.



El final lo rendí en Ciudad Universitaria (se ve que la nueva sede todavía no funcionaba a pleno). Me agarró del hombro y me dijo: “¿Final corto o final largo?” Por temor o respeto dije “largo…”. Entonces me invitó a caminar alrededor del pabellón III llegando hasta el río. Hablamos de todo lo que aprendí con la materia y, les juro, fue ahí que empecé a encontrar el sentido por el cual hacía unos años me había anotado en esa carrera que era medio extraña para quienes habíamos hecho el secundario en la dictadura. “Si hubieras elegido el final corto habríamos dado solo la vuelta al edificio”, me dijo. Me soltó del hombro… y me aprobó!



Después tuve la suerte de que, gracias a los compañeros de cátedra Miguel Etchegoyen y Gerardo Oviedo, pudimos invitarlo a Merlo a dar un par de charlas para los Seminarios que armábamos extra oficialmente en la sede del CBC del oeste. Pero sin duda, lo que relato más arriba es el recuerdo, inolvidable y entre lágrimas que no puedo evitar, que surgió de inmediato hoy, al saber de la muerte de Horacio González.


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